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Victoria, la reina que se hizo a sí misma

El encantador mundo british que reflejan las series de ITV quedó huérfano tras el final de “Downton Abbey”. Sin embargo, la cadena británica se ha anotado otro tanto a su lista de éxitos con la adaptación de la serie “Victoria”. La ficción narra el ascenso al trono de una de las reinas más influyentes de Inglaterra, hasta el punto de que la llamada “época victoriana” lleva su nombre. Su importancia en la historia no solo se debe a su figura como monarca, también a una terrible enfermedad que portaba en sus genes y que transmitió al resto de familias reales europeas: la hemofilia.

Una niña con corona

Antes del auge dorado de series monárquicas, “Victoria” fue estrenada en agosto de 2016, no obstante, el éxito que pudo cosechar en su primera temporada quedó rápidamente eclipsado por “The Crown”, la serie estrella de Netflix sobre la reina Isabel II que ha catapultado a Claire Foy al estrellato (se ha confirmado recientemente que dará vida a Lisbeth Salander en la nueva adaptación de la saga Millennium). Pero dejando a un lado las comparaciones, es justo añadir que estamos ante una serie delicada, con un reparto equiparado y una protagonista que va madurando a la par que su personaje: en este sentido maravillosa Jenna Coleman. La primera temporada nos presenta a una Victoria de 18 años que asciende al trono tras la muerte de su tío Guillermo IV. Para entender el eje dramático central debemos trasladarnos a la mentalidad de 1838, en el que el mundo estaba regido por hombres y donde una soberana de tan solo 18 años resultaba más un estorbo que un beneficio. Pese a no ser la primera monarca femenina británica, la corona había llegado a la cabeza de Victoria por un conjunto de casualidades. Todo esto añadido a su corta edad no ayudaron a que los inicios de su reinado fuesen fáciles. Esa dualidad que se crea en la serie, entre la reina y sus pocos apoyos dentro de palacio y el inmenso circulo de detractores que le rodean, consiguen que de forma casi inmediata empatices con ella. Los ocho primeros capítulos sirven para introducirnos en el mundo de la joven monarca, la dinámica de palacio, los enemigos, los amigos y el dintel de trabajadores que aportan esa frescura alejada de la jet-set que empapa la ficción. En la primera entrega de la serie, la personalidad de la reina es la de una joven inexperta en dos artes principales: las de gobierno y las amatorias. Su falta de mundo, unido a una malsana sobreprotección, hacen que Victoria sea una joven solitaria, desconfiada, que se siente rechazada por su madre y que solo encuentra la lealtad y la amistad en su perro Dash. Pero todo esto cambia gracias a la figura de Lord Melbourne, interpretado por Rufus Sewell, en el que la reina encontrará a un mentor y verdadero amigo. Pese a que la historia de amor con el príncipe Albert se vive con intensidad, sí que es cierto que se echa en falta más política y menos amoríos de corte.

Ser reina no es fácil

La espera siempre es buena y en la segunda temporada nos encontramos una buena dosis de historia acrecentada con la madurez de la protagonista. Victoria ya no es una niña, se ha casado, se ha adaptado a su posición de reina y además es madre. Todos estos alicientes hacen que la segunda entrega de la ficción sea mucho más interesante y madura. Dejando de lado los paseos en carruaje y las conversaciones a pie de cama, la serie se centra más en los asuntos de estado, aunque sin caer en el documental histórico, permitiéndonos comprender mejor la Inglaterra y Europa del siglo XIX. A nivel personal también adquiere mayor profundidad: reflejando las aristas de los personajes, sus dobleces, sus conflictos emocionales y porque no decirlo, su lado más humano. Jenna Coleman convierte a su personaje en una mujer que se ha encontrado a sí misma, llevándola al extremo y demostrando que es algo más que la chica mona que jugaba con muñecas del primer episodio. La serie de Daisy Goodwin es amena, rítmica, dinámica y alejada del tedio, quedando complementada por la maravillosa banda sonora de Ruth Barrett y Martin Phipps que, aunque sutil, cala en el espectador desde el primer minuto. En diciembre se confirmó una tercera temporada, según Goodwin se espera “mucho drama”, puesto que la trama arranca en 1848, un año difícil para todas las monarquías europeas.  Esto esclarece las dudas que existían sobre el futuro de la serie. “Victoria” ha venido para quedarse y además con pleno derecho.
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    Una serie fantástica.


Fotógrafa y apasionada del cine


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